Afortunadamente, empero, el amor propio, que le hiciera tomar una resolución tan extrema, le inspiró de improviso un medio más sencillo y sobre todo más agradable para él, de salir del aprieto.
Después de haberse mirado a sí mismo con halago, se iluminó en el rostro una sonrisa de satisfacción; se halló física y moralmente muy superior, tan superior a los que le rodeaban, que no experimentó ya sino compasión por la doncella, a quien la educación que recibiera la impedían apreciar las innumerables prendas que daban a éste el triunfo sobre sus rivales y comprender la dicha que le proporcionaría semejante alianza.
Acariciando estos y otros pensamientos, el conde salió de sus habitaciones en dirección a las de doña Dolores, y a su paso por el patio, vio, aunque a ello no dio mayor importancia, gran número de caballos ensillados y embridados, a los que sujetaban por las riendas algunos peones.
A la puerta de las habitaciones de doña Dolores había una joven india de cara sucia y ojos chispeantes, la cual, al ver al conde, se sonrió, hizo una gran reverencia y por medio de una seña indicó a éste que podía entrar.
La doncella, seguida de Luis, atravesó muchas salas a pie llano elegantemente amuebladas, y finalmente levantó una cortina de blanco cendal de seda chino bordado de grandes y vistosas flores, y sin pronunciar palabra introdujo al joven en un delicioso tocador primorosamente alhajado.
Doña Dolores, semitendida en una hamaca labrada de hilo de zábila, se entretenía en martirizar a una hermosa cotorra no más gruesa que el puño de un niño, riéndose como una loca a los chillidos de cólera que daba el animalito.
¡Cuán hechicera estaba la joven en la actitud que dejamos transcrita! Nunca el conde la había visto tan hermosa.
Luis, después de haber hecho una profunda reverencia, se detuvo al umbral de la puerta admirado y a la vez estupefacto, de tal suerte, que doña Dolores, al contemplarle, no pudo menos de dar una franca carcajada, que excusó diciendo:
—Dispénseme V., primo, pero en este instante es tan singular la figura de V., que no he sido dueña de reprimirme.
—Ríase V., prima, contestó el joven, adaptándose inmediatamente a aquella alegría que tan distante estaba de esperar; me place en extremo hallarla de tan buen humor.