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LA CITA

La conducta reservada que doña Dolores guardara para con el conde de Saulay desde la llegada de éste a la hacienda del Arenal, se armonizaba muy poco con los planes de boda proyectados por las dos familias. La joven no había sostenido conversación particular alguna con aquél a quien hasta cierto punto debía considerarlo su prometido, ni siquiera le había demostrado la más inocente familiaridad; al par que se mostraba cortés y aun bondadosa, desde el instante en que se vieran tuvo la maña de levantar una valla entre ella y el conde, valla que éste nunca se había atrevido a franquear, y que, tal vez contra sus deseos, le condenara a no traspasar los límites de la más rígida reserva.

En tales condiciones, y máxime después de la escena de que en la noche precedente había sido testigo, se comprende la estupefacción del joven al enterarse de que doña Dolores solicitaba de él una entrevista.

¿Qué podría decir la joven? ¿Por qué le daba aquella cita? ¿Qué le impulsaba a obrar de tal suerte?

Éstas eran las preguntas que Luis del Saulay se dirigía a sí mismo y que forzosamente quedaban sin respuesta.

No es de extrañar pues que el joven sintiese aguijada por modo imponderable su curiosidad y le devorase la impaciencia, y que sin darse cuenta de ello experimentase cierta satisfacción al oír sonar la hora de la cita.

Como se hubiese encontrado en Francia, en París, en vez de encontrarse en una hacienda de Méjico, de antemano hubiera sabido a qué atenerse respecto del mensaje que recibiera, y podido trazarse un plan de conducta; pero la tibieza de doña Dolores para con él, tibieza no desmentida por un instante, y la preferencia que, según la escena nocturna, parecía dar a otro hombre, alejaban toda suposición de amor. ¿Acaso la joven iba a exigirle que renunciase a su mano y abandonase inmediatamente la hacienda?

¡Singular contradicción la del espíritu humano! El conde, que por semejante casamiento experimentaba una repulsión creciente, cuya intención decidida era celebrar cuanto antes una entrevista, respecto del particular, con don Andrés de la Cruz, y había tomado la resolución firme y decidida de retirarse y de renunciar a la alianza preparada de tan larga fecha y que le disgustaba tanto más cuanto se la impusieran, se sublevó a la suposición de que doña Dolores iba a exigirle una renuncia. Su amor propio vejado, le hizo ver el asunto al través de un nuevo prisma, y el desprecio que, al parecer, la doncella hacía de él, le llenó de ira y de vergüenza.

¡Él, el conde Luis del Saulay, joven gallardo, rico, famoso por su talento y su elegancia, uno de los socios más distinguidos del Jockey-club, uno de los dioses de la moda, de cuyas conquistas se hacía lenguas la flor y nata parisiense, no haber producido en el ánimo de una doncella semisalvaje sino una impresión repulsiva, ni haber inspirado más que fría indiferencia! verdaderamente había para desesperarse. Tal era el despecho que el joven experimentaba, que por un momento llegó a imaginar que estaba enamorado de su prima, y aun se sintió impulsado a jurarse a sí mismo permanecer sordo a los ruegos y a las lágrimas de doña Dolores y exigirle dentro de plazo breve y perentorio la celebración de la boda.