Domingo, de quien hemos esbozado el retrato físico en uno de los capítulos precedentes, era, en lo moral, una singular amalgama de buenos y malos instintos, si bien casi siempre predominaban en él los buenos: la vida vagabunda que por espacio de largos años llevara entre los indómitos indios de las praderas, había desarrollado en él un gran vigor corporal y desenvuelto una increíble fuerza de voluntad y una energía de carácter inaudita, unidas a un valor a toda prueba y a una sutileza que a las veces asumía todas las apariencias de la doblez. Astuto y desconfiado como un comanche, había traído a la vida civilizada todas las prácticas de los batidores de selvas, no dejándose nunca sorprender por los acontecimientos más imprevistos. A las miradas escrutadoras oponía siempre un rostro impasible y fingía un candor que a menudo engañaba a los más sagaces; sin embargo, por regla general era franco hasta dejarlo de sobras, generoso sin límites, sensible como un niño, y llevaba su devoción hacia aquéllos a quienes quería, hasta el sacrificio, sin reflexión ni segundos fines; pero en contra era implacable en sus odios y de verdadera fiereza india.
En suma, era uno de esos hombres extraños tan propensos al bien como al mal y a los cuales las circunstancias pueden con la misma facilidad convertir en héroes como en bandidos.
Oliverio, que estudiara profundamente el carácter de su protegido, tal vez tanto y más que éste mismo, sabía de qué era capaz, y a menudo se había estremecido al sondear los senos de aquella organización singular ignorada de sí propia; así es que al par que imponía su voluntad a tan indómita naturaleza y la doblegaba a su antojo, como el belorino imprudente que juega con el tigre, preveía el momento en que la lava que hervía sordamente en el fondo del corazón del joven de improviso se desbordaría al impetuoso soplo de las pasiones. Pese pues a la omnímoda confianza que en su amigo parecía tener el aventurero, éste no hacía sino con prudencia suma vibrar en Domingo ciertas cuerdas, guardándose de abrirle los ojos respecto de su fuerza y de revelarle la intensidad de su poder moral.
Después de una carrera de muchas horas, los viajeros llegaron a unas tres leguas de la hacienda del Arenal, al linde de frondoso bosque que orillaba los últimos plantíos de ésta.
—Detengámonos aquí y comamos, dijo Oliverio apeándose; por ahora hemos llegado al fin de nuestro camino.
—Viene a pedir de boca, contestó Domingo, pues le confieso a V. que empiezan a incomodarme los rayos del sol y que no sentiré echarme por un rato en la hierba.
—El sitio no puede ser más a propósito, profirió Oliverio.
Los dos viajeros, después de trabar a sus caballos y quitarles las bridas para que pudiesen pacer a su antojo, se sentaron uno frontero de otro a la sombra del follaje, pusieron a saco sus bien provistas alforjas y empezaron a comer con envidiable apetito.
Oliverio ni Domingo eran grandes habladores; así es que despacharon su almuerzo silenciosamente. Luego el primero encendió un puro, y un calumet o pipa india el joven.
—Y bien, dijo por fin el aventurero, dirigiendo la palabra a Domingo, ¿qué le parece a usted la vida que de algunos meses acá le hago llevar en esta provincia?