—Si vale decir la verdad, respondió el vaquero arrojando una espesa bocanada de humo, la hallo absurda y por demás fastidiosa; mucho tiempo hace que hubiera solicitado de V. me enviase de nuevo a las praderas del oeste, a no caberme la seguridad de que V. necesitaba de mí.

—Es V. un amigo verdadero, profirió Oliverio riéndose y tendiendo la mano al joven; siempre está V. dispuesto a obrar sin hacer observación alguna ni formular el más pequeño comentario.

—Y de ello me vanaglorio: ¿acaso amistad no quiere decir abnegación y devoción?

—Sí, y ahí porque es tan rara entre los hombres.

—Compadezco a los incapaces de experimentar tal sentimiento, pues se privan de un gozo hondísimo; la amistad es el único lazo verdadero que une entre sí a los hombres.

—Para muchos no es sino egoísmo.

—El egoísmo es una variedad de la especie, es la amistad mal comprendida y reducida a proporciones rastreras e ínfimas.

—¡Canario! no le creía a V. tan ducho en la paradoja, ¿Aprendió V. entre los indios estas argucias de lenguaje?

—Los indios son prudentes, señor, respondió el vaquero moviendo la cabeza; para ellos el pan es pan y vino el vino, al contrario de lo que ocurre en las ciudades, en las cuales usted sabe muy bien han logrado por tal modo embrollarlo todo, que el más sagaz no atina a ver claro y el hombre sencillo pierde a no tardar la noción de lo justo y de lo injusto. Deje que me vuelva a las praderas, pues estoy fuera de mi centro en medio de las mezquinas luchas que ensangrientan esta tierra y me llenarían de tedio y asco.

—Bien quisiera devolverle a V. la libertad, amigo mío, pero como ya le he dicho, necesito de V. tal vez para otros tres meses.