—Mucho es.
—Quizás halle V. muy corto este plazo, repuso Oliverio con acento indefinible.
—No lo creo.
—Lo veremos; pero ahora recuerdo que todavía no le he dicho qué espero de V.
—Tiene V. razón, y bueno será que me lo diga a fin de que me sea dable llenar cumplidamente sus deseos.
—Escúcheme V. pues, y voy a ser tanto más lacónico, cuanto me reservo darle explicaciones más circunstanciadas una vez hayan llegado las personas a quienes estoy aguardando.
—Hable V.
—Dos son los individuos que deben reunírsenos aquí, un joven y una señorita; ésta se llama doña Dolores de la Cruz, es hija del dueño de la hacienda del Arenal, tiene dieciséis años de edad, y sobre ser muy hermosa es un tesoro de bondad, de pureza y de sencillez.
—Perfectamente; pero esto nada me importa; ya sabe V. que me cuido muy poco de las mujeres.
—Es verdad; así pues no insisto. Doña Dolores está prometida a don Luis, con quien debe casar.