—Buen provecho le haga; ¿y quién es ese don Luis? supongo que uno de tantos mejicanos hermosote, necio y orgulloso, que gallardea como la mula de un canónigo.
—En esto se equivoca V.; don Luis, conde del Saulay, es primo de doña Dolores y pertenece a la más encumbrada nobleza de Francia.
—¡Ah! ¿es el francés de marras?
—Sí; ha llegado ex profeso de Europa para llevar a cabo el matrimonio con su prima, acordado hace ya mucho tiempo entre las dos familias. El conde Luis del Saulay es un cumplido caballero, rico, bondadoso, amable, instruido, servicial, en una palabra, un compañero excelente por quien me intereso de veras y con quien deseo contraiga V. amistad.
—Si es tal cual V. lo pinta, antes de dos días vamos a ser los mejores amigos del mundo.
—Gracias, Domingo, dijo el aventurero, no esperaba menos de V.
—Mire V., profirió el vaquero, alguien llega; ¡diablos! y vienen volando; dentro de diez minutos los tenemos aquí.
—Son doña Dolores y el conde Luis.
Oliverio y Domingo se levantaron para salir al recibimiento de los dos jóvenes, que, en efecto, llegaban a escape.
—Henos aquí por fin, dijo la joven deteniendo a su cabalgadura con la habilidad de un picador consumado.