Los recién llegados se apearon de un salto, y Luis, después de haber saludado a Domingo, tendió ambas manos a Oliverio, a quien dijo:
—¿Conque vuelvo a verle a V., amigo mío? gracias por haberse acordado de mí.
—¿Acaso suponía V. que le había olvidado?
—Casi me cabría derecho, respondió alegremente el joven.
—Señor conde, dijo entonces el aventurero, ante todo permítame V. que le presente a don Domingo, más que hermano mío, otro yo, y al cual me sería profundamente grato se sirviese usted conceder un poco de la amistad con que se digna honrarme a mí.
—Caballero, profirió el conde inclinándose graciosamente ante el vaquero, siento sinceramente expresarme tan mal en castellano, pero esto no quita que le demuestre el vivo deseo que me anima de verle compartir conmigo la simpatía que desde ahora me inspira.
—No se apure V. por esto, repuso en francés Domingo, hablo con bastante soltura su lengua para darle las gracias por las cordiales palabras que acaba de dirigirme y que le agradezco en el alma.
—Por mi vida que me enamora V.; vaya una sorpresa agradable, exclamó el conde; hágame el favor de aceptar mi mano y considerarme a sus órdenes sin reserva.
—De todo corazón, caballero, y gracias; pronto vamos a conocernos más a fondo, y entonces espero me tendrá V. por uno de sus amigos.
Luis y Domingo, después de haber cruzado estas palabras, se estrecharon efusivamente las manos.