—¿Está V. satisfecho, amigo mío? preguntó doña Dolores al aventurero.
—Es V. un hada, querida niña, respondió Oliverio con emoción y dando un respetuoso beso en la frente de la joven que se inclinó para recibirlo; no puede V. imaginar cuánta dicha me proporciona en este instante.
Y cambiando el tono, añadió:
—Ea, ahora ocupémonos en lo que importa, pues el tiempo apremia; per... todavía falta alguno.
—¿Quién? preguntó la joven.
—León Carral; dejen que le llame.
Y llevándose un silbato de plata a los labios, Oliverio arrancó de él un sonido agudo y prolongado.
Casi al punto se oyó a lo lejos el galope de un caballo, y a poco apareció el mayordomo.
—Venga usted acá, León, le gritó el aventurero.
—Aquí estoy, señor, para lo que guste mandar, respondió el mayordomo.