—Escúcheme V. con atención, repuso Oliverio, dirigiéndose a doña Dolores, pues el caso es grave: me veo obligado a alejarme hoy mismo, y como mi ausencia puede prolongarse por mucho tiempo, me será imposible velar por V. no obstante tener el presentimiento de que la amaga un peligro inminente. ¿Qué peligro es ése? ¿Cuándo se precipitará sobre V.? Ahí lo que no puedo fijar. Lo único que puedo decir es que el peligro es real. Ahora bien, mi querida Dolores, otros harán lo que yo no puedo, y estos otros son el conde, Domingo y nuestro amigo León Carral, devotos de V. los tres y los cuales van a velar por V. como hermanos.

—Me parece que se olvida V. de mi padre y de mi hermano, amigo mío, profirió la joven.

—No, querida niña, al contrario, no me olvido de ellos; pero su padre de V. es un anciano que no sólo no puede proteger a nadie, sino que necesita que lo protejan, que es lo que no dejarán Vds. de hacer si lo reclaman las circunstancias; respecto a su hermano Melchor, ya sabe V., niña, mi opinión, por lo que es inútil insistir sobre el particular; Melchor no podrá o no querrá defenderla. V. no ignora que suelo estar bien informado y que rara vez me equivoco; pues bien, retengan en la memoria todos Vds. lo que voy a decir; sobre todo guárdense de que sus palabras o sus actos puedan dar a sospechar a don Melchor o a cualquier otro habitante de la hacienda que Vds. prevén un peligro; concrétense a velar día y noche para que no les sorprendan y tomen todas las precauciones que las circunstancias exijan.

—Velaremos, yo se lo fío, repuso el vaquero; pero permítame que le dirija una observación, a mi ver oportuna. ¿Cómo voy a componérmelas para penetrar en la hacienda y permanecer en ella sin despertar sospechas? Dificilillo me parece.

—Se equivoca V. contestó Oliverio; nadie, excepto Carral, le conoce a V. en la hacienda ¿no es eso?

—Eso es.

—Pues bien, se introducirá V. en ella vendiéndose por francés, amigo del conde del Saulay, y para mayor seguridad fingirá no entender palabra en castellano.

—Dispénseme V., repitió Luis; algunas veces he hablado a don Andrés de un amigo agregado a la legación de Francia en Méjico, el cual de un momento a otro debe venir a verme en la hacienda.

—Perfectamente, profirió Oliverio; Domingo pasará por tal, y si quiere, que chapurre el castellano; ¿cómo se llama el amigo ese?

—Carlos de Meriadec.