—Está bien; Domingo se llamará Carlos de Meriadec, y mientras permanezca en la hacienda yo me las compondré para que no venga a estorbarle aquél de quién toma el nombre.
—Esto es importante, dijo Luis.
—Nada tema, repuso el aventurero; quedamos pues en que mañana don Carlos de Meriadec llegará a la hacienda.
—En ella será bien recibido, profirió Luis sonriendo.
—A V. no tengo nada que recomendarle, dijo Oliverio dirigiéndose a León Carral.
—Hace tiempo que he tomado mis providencias, no me queda sino ponerme de acuerdo con estos señores, repuso el mayordomo.
—Bravo, ahora separémonos, dijo Oliverio; a estas horas debería ya encontrarme muy lejos de aquí.
—¿Ya nos deja V.? preguntó con emoción doña Dolores.
—Es preciso, hija mía; ánimo, y tenga V. confianza en Dios. Durante mi ausencia él velará por V. Adiós.
El aventurero estrechó por última vez la mano al conde, besó la frente de la joven y se subió sobre su caballo.