—¿Le parece? repuso Cacerbar con ironía.
—¡Demontre! está bastante oscuro.
—No importa, pronto tendré luz, replicó don Antonio, frotando un fósforo contra una piedra y encendiendo una cerilla de rosca que se sacó de la faltriquera.
A medida de la lectura, en el semblante de don Antonio se iba pintando la satisfacción más viva.
—Señor, dijo Cacerbar al coronel, apagando la cerilla, doblando el papel y metiéndolo cuidadosamente en una cartera, dé V. de mi parte las más expresivas gracias al general Ortega; se ha portado conmigo como un caballero cumplido.
—No me olvidaré de dárselas, repuso el coronel haciendo un saludo, sobre todo si puede V. añadir algunas noticias a las que anteriormente ha dado.
—Sí, y por cierto muy importantes.
—¡Ah! profirió el guerrillero frotándose con satisfacción las manos; diga V. querido señor.
—Escuche V.; Miramón no sabe dónde dar de cabeza; no tiene dinero ni sabe ya como proporcionárselo; sus soldados, casi todos ellos reclutas, mal armados y peor equipados, hace dos meses que no reciben paga alguna y el descontento cunde en sus filas.
—Perfectamente. ¡Pobre Miramón! Diga usted pues que está apuradillo.