—Miramón está pues resuelto, continuó don Antonio, a apoderarse del dinero de la Convención, en la actualidad depositado en la legación británica.
—¡Magnífica idea! profirió el coronel; ¡no estarán poco furiosos esos demonios de herejes! ¿Cuál es el hombre de talento que le ha inspirado esa determinación que le enemista irremisiblemente con Inglaterra? Mire V. que los gringos no se chancean en asunto de dinero.
—Por eso le he sugerido yo tal pensamiento.
—Señor, dijo majestuosamente el guerrillero, por este acto merece V. bien de la patria. Pero ¿quiere V. decir que la cantidad es importante?
—No es despreciable.
—¿Cuánto poco más o menos?
—Seiscientos sesenta mil duros.
—¡Carape! exclamó el coronel experimentando un como deslumbramiento; me rindo, lo entiende más que yo. El negocio de Laguna Seca es una bicoca en comparación. ¡Dios me libre! con ese dinero va a poder anudar la guerra.
—Es demasiado tarde; ya hemos cuidado nosotros de que este dinero se gaste en pocos días, repuso don Antonio riendo sardónicamente; fíen Vds. en nosotros.
—¡Dios lo quiera!