—Es preciso; ¿no debo hacer que traigan a palacio el dinero que yo a lo menos he quitado a los enemigos de vuecencia?

Miramón bajó tristemente la cabeza.

—Perdóneme V., general, dijo don Adolfo, he hecho mal al hablar de esta suerte; ¿acaso no sé por propia experiencia que la desgracia es mala consejera?

—¿No tiene V. nada que pedirme?

—Sí, señor, una firma en blanco.

—Tome V., dijo Miramón satisfaciendo inmediatamente los deseos del aventurero; y dígame, ¿volveré a verle a V. antes de su salida de la capital?

—Sí, general; pero permítame dos palabras más.

—Diga V.

—Desconfíe V. del duque español; ese hombre le vende.

Y despidiéndose del presidente, don Adolfo abandonó la estancia.