[XIV]

LA CASA DEL ARRABAL

A la puerta del palacio el aventurero halló su caballo, al que un soldado sujetaba por las bridas, y subiéndose inmediatamente sobre la silla, tiró una moneda al asistente, atravesó de nuevo la plaza Mayor y se internó en la calle de Tacuba.

A eso de las nueve de la mañana las calles estaban henchidas de viandantes, jinetes, coches y carretas que iban, venían y se cruzaban en todas direcciones; en una palabra, la ciudad ofrecía el animado aspecto de las capitales, el febril movimiento propio de los momentos críticos. En los semblantes de todos se reflejaba la turbación, todas las miradas traducían el recelo, todos hablaban en voz baja, todos veían un enemigo en el inofensivo extranjero que el acaso les ponía en su camino.

Don Adolfo, mientras avanzaba rápidamente al través de las calles, no dejaba de observar lo que ocurría en torno suyo; aquella zozobra mal disimulada, aquella creciente ansiedad de la población, no le pasaron inadvertidas. Realmente devoto del general Miramón, cuyo carácter magnánimo, vastos planes y sobre todo el deseo real de labrar la ventura de su patria le habían cautivado, don Adolfo experimentó un pesar íntimo, profundo, al ver aquel abatimiento general del pueblo, la defección de éste hacia el único hombre que en aquellos momentos, de verse lealmente sostenido, podía haber salvado a Méjico del gobierno de Juárez, es decir, de la anarquía organizada por el terrorismo del sable. Don Adolfo continuó adelante, al parecer sin ocuparse en lo que hacía y decía en torno de él la gente agrupada en el umbral de las puertas, en la entrada de las tiendas y en las esquinas, grupos en los cuales no se hablaba sino de la ocupación de los bonos de la Convención inglesa por el general Márquez, en virtud de una orden perentoria del presidente de la república, ocupación apreciada de mil modos distintos.

Sin embargo, don Adolfo, al penetrar en los arrabales encontró más tranquila a la población; y es que en ellos aún no había cundido la noticia y los que la sabían denotaban hacer poquísimo caso de ella o tal vez hallaban muy en su lugar aquel acto arbitrario del poder.

Don Adolfo comprendió perfectamente el contraste: los vecinos de los arrabales, pobres casi todos ellos, pertenecían a la clase más ínfima de la población y por lo tanto eso se les daba de una acción cuyas consecuencias no podían alcanzarles y de la que sólo debían salir perjudicados los comerciantes ricos de la ciudad.

Una vez cerca de la Garita o Puerta de Belén, don Adolfo se detuvo delante de una casa aislada, de modesta aunque no pobre apariencia y cuya puerta estaba cuidadosamente cerrada.

Al ruido de los pasos del caballo se entreabrió una ventana, del interior de la casa partió un grito de alegría, y poco después se abrió de par en par la puerta, por la que entró el jinete.