Don Adolfo atravesó el zaguán y penetró hasta un patio, donde se apeó y arrendó su caballo a una argolla empotrada en el muro.

—¿Por qué toma V. esta precaución, don Jaime? preguntó con voz suave y melodiosa una señora saliendo al patio; ¿acaso tiene V. la intención de dejarnos tan pronto?

—Hermana mía, respondió don Adolfo o don Jaime, tal vez no me sea dable permanecer sino muy poco tiempo aquí a pesar de mi ardiente deseo de conceder a V. muchas horas.

—Bien, bien, hermano, profirió la señora; pero por sí o por no deje V. que José conduzca el caballo al corral donde estará más bien que no en el patio.

—Como a V. le plazca, hermana.

—¿Ha oído V., José? dijo la señora a un criado anciano; conduzca V. al Moreno al corral, estréguelo V. cuidadosamente y échele doble pienso de alfalfa. Y volviéndose a don Adolfo y tomándole el brazo, añadió: venga V., hermano mío.

Don Jaime, que así le llamaremos ahora, no hizo objeción alguna, y ambos penetraron en la casa.

El aposento en el cual entraron era un comedor sencillamente amueblado, aunque con el gusto y limpieza que denotan un cuidado asiduo, y en la mesa había tres cubiertos.

—Almuerza V. con nosotros ¿no es verdad, hermano?

—Con sumo placer, respondió don Jaime, pero ante todo, hermana, démonos un abrazo e infórmeme de mi sobrina.