—¡Oh! no, confío en V., hermano mío, exclamó María echando los brazos al cuello de don Jaime; pero por eso mismo vivo en continua zozobra, aun en los instantes en que me dice usted que espere, porque sé que nada hay que pueda detenerle, ni valla que V. no derribe, ni peligro que no arrostre, y temo verle sucumbir en esta lucha insensata sostenida sólo en mi provecho.
—Y en pro de la honra de nuestro apellido, hermana mía, profirió don Jaime; no lo olvide usted, a fin de devolver a un blasón ilustre su empañado brillo; pero volvamos la hoja; ahí viene mi sobrina; de cuanto acabamos de decir no se acuerde V. sino de una sola palabra: espere V.
—¡Oh! gracias, gracias, hermano mío, dijo María abrazándole otra vez.
—Tío, mi buen tío, dijo en este instante una joven abriendo una puerta y encaminándose apresuradamente al encuentro de don Jaime, quien le llenó de besos las mejillas; por fin ha llegado V., bienvenido sea.
—¿Qué es eso, Carmen, hija mía? preguntó cariñosamente don Jaime a la joven; tiene V. los ojos enrojecidos, está V. pálida. ¿Ha llorado usted?
—No es nada, tío, una tontería de mujer nerviosa y turbada. ¿No viene con V. Esteban?
—No, respondió don Jaime con displicencia; no vendrá hasta dentro de algunos días; pero goza de perfecta salud, añadió, cruzando una mirada de inteligencia con doña María.
—¿Le ha visto V.?
—¡Pues no! apenas hace dos días, y aun yo me tengo algo la culpa de su retardo, pues insistí para que todavía no se venga, ya que necesito de él allá abajo; ¿pero no almorzamos? literalmente estoy pereciendo de hambre.
—Sí, al instante, sólo aguardábamos a Carmen; ¡ea! a la mesa, dijo doña María tocando un timbre, a cuyo son compareció el mismo criado que condujera al caballo de don Jaime al corral.