—Puedes servir, José, dijo doña Carmen al anciano.

Los tres se sentaron en torno de la mesa y dieron principio al almuerzo.

Vamos a trazar a vuela pluma el retrato de las dos señoras a quienes las exigencias de nuestro relato nos han obligado a presentar en escena.

La primera, doña María, de porte noble, graciosos modales y suave y triste sonrisa, era todavía hermosa por más que sus facciones, marchitas y fatigadas, ostentasen marcadas huellas de grandes dolores. De cuarenta y dos años apenas, estaba ya completamente cana y su cabellera formaba singular contraste con sus negras cejas y con sus ojos vivos y brillantes, que respiraban la fuerza y la juventud.

Doña María vestía de riguroso luto y su traje le daba una apariencia religiosa y ascética.

Su hija, doña Carmen, tenía a lo más veintidós años y era hermosa como su madre, de la que era el retrato viviente, lo había sido a su edad. Todo en ella era gracioso y lindo; su voz tenía modulaciones de armonía extraordinaria, su pura frente respiraba el candor y de sus grandes y negros ojos, coronados de cejas al parecer trazadas con un pincel y rodeados de largas y sedosas pestañas; emanaba una mirada suave y húmeda, impregnaba de singular atractivo.

El traje de Carmen era por demás sencillo: se componía de un vestido de muselina blanca ceñido a la cintura con una ancha cinta azul y de una toca de blondas.

Tales eran las dos damas.

A pesar de la indiferencia que fingía, el aventurero don Jaime estaba visiblemente inquieto y receloso; en ocasiones permanecía con el tenedor levantado olvidándose de llevarlo a la boca y pareciendo prestar oído atento a ruidos perceptibles solamente para él; otras veces se sumergía en una divagación tan profunda, que su hermana o su sobrina se veían obligadas a volverle a la realidad dándole un golpecito.

—¡Oh! a V. le pasa algo, hermano mío, no pudo menos de decirle doña María.