—Sí, añadió la doncella, esta preocupación no es natural, tío mío, nos preocupa. ¿Qué tiene?
—Yo, nada, les aseguro, contestó él.
—Tío, nos esconde algo.
—Está equivocada, Carmen, no le estoy escondiendo nada, que me sea personal al menos; pero en este momento, existe una agitación tan fuerte en el pueblo, que le admito francamente que temo un catástrofe.
—¿Vendrá tan pronto, entonces?
—¡Oh! No lo creo; sólo que tal vez habrá ruido, reuniones, ¿qué sé yo? Le aconsejo seriamente, si no es absolutamente obligatorio, de no salir de casa hoy.
—¡Oh! Ni hoy, ni mañana, hermano mío, contestó doña María, tiene mucho tiempo ya que no salimos, con excepción de ir a misa.
—Tampoco para ir a misa, a partir de ahora y por algún tiempo, hermana mía, creo que sería imprudente arriesgarse en las calles.
—¿El peligro es tan grande? preguntó ella con inquietud.
—Sí y no, hermana mía, estamos en un momento de crisis donde un gobierno está a punto de caer y de ser reemplazado por otro; usted entiende, no cierto, que el gobierno que cae es impotente hoy de proteger a los ciudadanos; sin embargo, él que lo reemplazará aún no tiene ni el poder ni la voluntad sin duda, de vigilar sobre la seguridad pública, así que, en una circunstancia como ésta, lo más sabio es de protegerse a sí mismo.