—En verdad, me espanta, hermano mío.

—Dios mío, tío, ¿qué pasará con nosotras? exclamó doña Carmen juntándose las manos con temor; esos mexicanos me dan miedo, son verdaderos bárbaros.

—Tranquilícese, no son tan malos como usted lo supone; son niños traviesos, mal criados, peleadores, y es todo; pero al fondo, tienen buen corazón; les conozco desde mucho tiempo, y yo respondo por sus buenos sentimientos.

—Pero usted sabe, tío, el odio que nos tienen, a nosotros los españoles.

—Malamente, estoy de acuerdo que nos hacen llevar con el mal del cual acusan a nuestros padres de haberles hecho, y que nos odian cordialmente, pero ignoran que ustedes y yo somos españoles, las creen hijas del país, lo que es para ustedes una garantía; por lo de don Esteban, pasa por peruviano, y yo, todos están convencidos que soy francés; entonces pueden ustedes ver bien que el peligro no es tan grande como lo suponen, y que en no cometer imprudencias, no tienen nada, por lo pronto, que temer, de todos modos, no se quedan sin protectores, no las dejaré solas en esta casa con un viejo doméstico, cuando hay un catástrofe tan cerca; así que sean tranquilas.

—¿Se va a quedar con nosotras, tío?

—Sería con gran placer, mi querida niña; malamente, no me atrevo prometérselo, me temo que me sea imposible.

—Pero, tío, ¿cuáles son esos asuntos tan importantes?

—Silencio, curiosa, deme un poco de fuego para prender mi cigarro, no sé que he hecho con mi mechero.

—Tome V., dijo Carmen dando un fósforo a su tío; siempre emplea V. las mismas argucias para cambiar la conversación; es V. muy feo.