Don Jaime se echó a reír, y sin replicar a su sobrina encendió el cigarro. Luego, al cabo de unos segundos, dijo:
—A propósito, ¿ha venido alguien del rancho?
—Sí, hace unos quince días Loick y Teresa, su mujer, nos trajeron algunos quesos y dos odres de pulque.
—¿Dijeron algo del Arenal?
—No, en la hacienda no ocurría novedad.
—Mejor.
—Loick sólo habló de un herido.
—¡Ah! ¿y qué dijo?
—No lo recuerdo bien.
—Yo sí lo recuerdo, repuso doña Carmen. En cuanto vea V. a su tío, señorita, me dijo Loick, sírvase decirle que el herido que había mandado depositar en el subterráneo bajo la guarda de López, se ha aprovechado de la ausencia de éste para escaparse, y que a pesar de todas nuestras pesquisas nos ha sido imposible dar de nuevo con él.