—¡Maldición! exclamó don Jaime reventando en ira. ¡Ah! ¿por qué ese necio de Domingo no le dejó morir como una bestia fiera? Ya me presumí que esto concluiría de un modo semejante.

Pero al notar la sorpresa que se pintó en el semblante de las dos damas al oírle proferir tales palabras, don Jaime se calló, y simulando la más absoluta indiferencia, preguntó con la voz más natural del mundo:

—¿Nada más?

—Nada más, respondió la joven, y por cierto que Loick me recomendó eficazmente que no me olvidase de decírselo a V.

—No valía la pena, repuso don Jaime; pero lo mismo da, querida niña, gracias; y levantándose de la mesa, añadió: ahora me veo obligado a dejarlas a Vds.

—¡Ya! profirieron doña María y doña Carmen abandonando con viveza sus respectivas sillas.

—Es preciso. A lo menos que sobrevengan acontecimientos imprevistos, esta noche estoy citado para un sitio muy distante de aquí; pero como no me sea dable volver tan pronto como espero, ya cuidaré de que me sustituya don Esteban, a fin de que no queden Vds. sin protectores.

—¡Ah! será muy distinto, repuso doña María.

—Gracias; pero antes de separarnos hablemos un poco de negocios; ¿han acabado Vds. el dinero que les di la última vez que nos vimos?

—No gastamos mucho, hermano, respondió doña María, sino que vivimos con grande economía; nos queda todavía bastante.