—Mejor, hermana, siempre es preferible que sobre; así pues, como en este momento estoy rico, me he reservado para Vds. unas sesenta onzas de cuyo peso les ruego me aligeren.
Y metiendo la mano en los bolsillos de su dolmán, don Jaime sacó una larga bolsa de seda encarnada, al través de cuyas mallas se veía brillar el oro.
—Esto es demasiado, hermano, ¿qué quiere usted que hagamos con tanto dinero?
—Lo que a Vds. les plazca, hermana; esto no me incumbe. Tomen, tomen.
—Ya que V. lo exige.
—Puede que Vds. hallen cuarenta o cincuenta onzas más de las que he dicho, repuso don Jaime; vayan para alfileres para V. y para Carmen, pues quiero que ésta pueda ponerse elegante cuando se le antoje.
—¡Qué bueno es V., tío! profirió la doncella; estoy segura de que V. se sujeta a privaciones por nosotras.
—Esto no le atañe a V., señorita, replicó don Jaime; lo que yo quiero es verla a V. hermosa; su deber de sobrina sumisa, es obedecerme, sin permitirse hacer observación alguna; ¡ea! denme Vds. un abrazo y adiós; me he entretenido ya demasiado.
Las dos damas le siguieron hasta el patio, donde le ayudaron a ensillar al Moreno, al cual doña Carmen daba terrón de azúcar tras terrón mientras le acariciaba, a lo que el noble animal parecía estar muy agradecido.
En el momento en que don Jaime daba al anciano criado orden de que abriese la puerta, se oyó en la parte de afuera el precipitado galopar de un caballo, y poco después repetidos golpes en aquélla.