—¿Por qué te turbas de esta suerte? preguntó don Jaime. ¡Ea! habla o revienta.

—Señor, respondió Loick, temo haber cometido una majadería.

—En tu ademán contrito lo sospecho; pero en definitiva, ¿cuál es la majadería esa?

—Es que, respondió el bretón, Domingo estaba al parecer tan desesperado de no saber dónde encontrarle a V., parecía tener tanta necesidad de hablarle, que...

—Que no pudiste morderte la lengua y le revelaste...

—Donde se encontraba V., sí, señor.

Después de esta confesión el ranchero inclinó con humildad la cabeza cual si estuviese íntimamente convencido de que había cometido un gran crimen.

Hubo unos instantes de silencio.

—Como es natural, prosiguió don Jaime, le dijiste bajo qué nombre me ocultaba en esta casa.

—¡Diantre! profirió ingenuamente Loick, si no lo hubiese hecho así, apuradillo se hubiera encontrado Domingo para dar con V.