—Tienes razón. ¿Conque va a venir?

—Lo presumo.

—Está bien.

Don Jaime dio algunos pasos por el aposento, entregado a la reflexión, y luego acercándose a Loick, que continuaba inmóvil en su sitio, le preguntó:

—¿Vino V. solo a Méjico?

—López me acompaña, señor, pero le dejé en una pulquería de la puerta de Belén donde me está aguardando.

—Pues vuélvase V. allá y no le diga nada, y dentro de una hora, no, antes, véngase V. con él; tal vez necesite de ustedes dos.

—Pierda V. cuidado, señor, seremos puntuales, contestó Loick frotándose las manos.

—Ahora adiós.

—Dispense V., traigo una carta.