—¿Hoy? repuso el ranchero atónito ante una pregunta para él inesperada del todo.
—¡Necio! ¿Le parece a V. si me referiré a ayer o a mañana?
—Tiene V. razón, señor; hoy es martes.
—¿No podías habérmelo dicho inmediatamente? Cuando don Jaime estaba dominado por la alegría o por la cólera, tuteaba a Loick, y éste, que no lo ignoraba, en el modo como aquél le hablaba tenía un barómetro infalible.
El aventurero dio todavía algunos pasos por el aposento con ademán preocupado.
—¿Puedo marcharme? se arriesgó a preguntar el ranchero.
—Hace diez minutos que deberías estar fuera, respondió don Jaime con acento bronco.
Loick no se hizo repetir la orden; saludó y se retiró, dejando solo al aventurero.
Poco después se abrió la puerta del aposento donde éste se encontraba y en él entraron las dos damas, las cuales se encaminaron al encuentro de don Jaime, a quien doña María preguntó con voz turbada:
—¿Ha recibido V. malas noticias?