—Aunque no me guíe el interés, repuso López riendo, estoy tan seguro de no equivocarme, que ya siento el dinero ese en mi bolsillo.

—Ya que es así, dijo Miramón dándole su portamonedas, tómalo en seguida.

—Gracias, mi general, profirió el paisano; ahora partiremos cuando lo ordene vuecencia. Lo que precisa es que los soldados guarden el más absoluto silencio para que de sopetón podamos precipitarnos sobre el enemigo y atacarle sin darle tiempo de reponerse de la sorpresa.

Miramón envió un soldado al general Cobos para darle orden de que se replegara cuanto antes, luego hizo apear a los jinetes, mandó pasar a vanguardia a la infantería, de cuatro en frente, que eran los más que podían pasar en tal disposición, y la caballería desmontada formó la retaguardia.

Una vez el general Cobos se hubo reunido al grueso de las tropas, lo que efectuó sin tardanza, Miramón le puso en pocas palabras al tanto de lo que ocurría.

El presidente, que caminaba a pie, seguido del guía y de su caballo y del de este último, se colocó al frente de sus soldados no obstante los reiterados ruegos de sus amigos para que desistiese de semejante empeño.

—Soy vuestro jefe, decía Miramón a los que le incitaban para que abandonase aquel peligroso puesto, y como tal me corresponde correr el riesgo mayor; mi sitio es éste y en él me quedo.

—¿Nos ponemos en marcha? preguntó Miramón a López.

—Adelante, mi general.

El ejército del presidente anudó el avance en medio del mayor silencio y con rapidez y uniformidad notables.