López no se había equivocado: el sendero que hiciera tomar a las tropas era tan fragoso e intransitable, que los soldados avanzaban a pie con mucha más rapidez que no lo hubieran hecho a caballo.

—¿Está así durante mucho trecho el sendero éste? preguntó el presidente al guía.

—Hasta medio tiro de fusil de Toluca, mi general, respondió el interpelado; una vez allá sube y se ensancha mucho, hasta dominar a Toluca, a donde es fácil bajar aun al galope.

—¡Jum! repuso Miramón, en lo que acabas de decirme hay bueno y malo.

—No comprendo, mi general.

—¡Caramba! bastante claro es, o a lo menos así me lo parece: figúrate que si los puros han colocado un cordón de centinelas en la altura, van a ventearnos y a inutilizar nuestra expedición. Tú no has reflexionado lo que hacías al conducirnos por aquí.

—Pido mil perdones a vuecencia, replicó López; pero los puros saben que ningún cuerpo de ejército recorre el campo, y por lo tanto están en la firme creencia de que nada tienen que temer. Así pues no totean precaución alguna, por considerarlas inútiles. Además, las alturas de que vuecencia me ha hablado están demasiado distantes del sitio donde ellos acamparán y sobre todo demasiado elevadas para que piensen en colocar fuerzas en ellas.

—En fin, murmuró el presidente, a la buena de Dios. Ahora no retrocedo.

Las tropas continuaron avanzando con toda clase de precauciones.

Veinticinco minutos hacía que éstas se internaran en la senda, cuando López, después de haber tendido a su alrededor una mirada investigadora, se detuvo súbitamente.