—¿Qué estás haciendo? le preguntó Miramón.
—Ya lo ve vuecencia, me detengo; al doblar el recodo ese que está delante de nosotros, la senda empieza a subir, y como no nos encontramos sino a tiro de fusil de Toluca, si vuecencia me lo permite voy a ir a la descubierta para cerciorarme de que las alturas no están vigiladas y de que el paso es libre.
—Ve, dijo el general después de haber mirado atentamente a López; aguardaremos tu regreso para continuar el avance; fío en ti.
López se quitó armas y sombrero, que no sólo le eran inútiles, sino que pudieran haberle delatado, y tendiéndose en el suelo, empezó a arrastrarse a la usanza india y no tardó en desaparecer entre las malezas que orillaban la senda.
Ínterin, a una señal del presidente había circulado con rapidez la voz de alto entre las filas, y el ejército se detuvo casi instantáneamente, pasando los generales a formar grupo en torno de Miramón.
Transcurrieron algunos minutos sin que reapareciese el guía, con lo que la ansiedad de las tropas llegó a su colmo.
—Ese hombre nos vende, dijo el general Cobos.
—No lo creo, repuso Miramón; tengo completa confianza en quien me lo envió.
En esto se hizo un hueco en las malezas y por él salió un hombre: era el guía López; el cual, con rostro placentero, centelleante la mirada y firme el paso, se acercó al presidente hasta encontrarse a pasos de éste, saludó y aguardó a que le interrogasen.
—¿Qué ocurre? preguntó Miramón.