López tomó su caballo de manos del asistente que lo sujetaba de las bridas, y se encaminó tranquilamente hacia el árbol.

Miramón dividió su infantería en tres cuerpos y colocó de reserva a su caballería.

Tomadas ya todas las disposiciones, las tropas empezaron el ascenso de la altura.

—¡Adelante! ¡adelante! gritó Miramón una vez en la cúspide de ésta, mientras blandía su espada y corría a escape cuesta abajo seguido de los suyos.

López, al ver que el presidente blandía su espada, de un sólo machetazo cortó la cima del árbol a que estaba subido, y luego se bajó, montó a caballo y se lanzó en pos del ejército. La aparición súbita de las tropas de Miramón produjo un desorden espantoso en el campamento de los puros, que estaban muy distantes de esperar un ataque tan inopinado y vigoroso, toda vez que sus espías les habían asegurado que en el campo no se veía soldado alguno.

Los puros se abalanzaron a sus armas y los oficiales ensayaron organizar la resistencia; pero antes no hubieron formado filas, las tropas del presidente ya se les habían echado encima y les atacaban con furia a los gritos de:

—¡Viva Méjico! ¡Miramón! ¡Miramón!

Los generales que mandaban a los puros, animosos e inteligentes, se multiplicaban para resistir; a la cabeza de los suyos que ya se habían armado y bien o mal formado filas, abrieron un fuego mortífero ayudados de la artillería que había tomado posiciones.

La acción se hizo empeñada. Los juaristas contaban con la ventaja numérica, y repuestos del pánico que experimentaran al principio, era de temer que de prolongarse el combate iban a tomar la ofensiva.

En esto se oyeron formidables gritos a retaguardia de los puros, sobre quienes se precipitó una nube de jinetes lanza en ristre.