—Sujéteme vuecencia a prueba.
El aventurero hizo como que reflexionaba.
Jesús Domínguez aguardaba con ansiedad.
—No, dijo por fin don Jaime, no puedo contar contigo.
—¡Qué poco me conoce vuecencia! ¡Si vuecencia supiese cuán devoto le soy!
—Ahí una devoción que te nació de repente, profirió don Jaime dando una carcajada. Sin embargo me avengo a hacer un ensayo; pero como me engañes...
—No diga vuecencia una palabra más, le conozco. Nada tema vuecencia, quedará satisfecho de mí. ¿De qué se trata?
—Sencillamente de cambiar de casaca.
—Comprendo; es fácil. Mi amo no dará paso que vuecencia no lo sepa.
—Está bien. ¿No tiene un amigo íntimo don Melchor de la Cruz?