—Sí, excelentísimo, señor, un tal don Antonio Cacerbar: están unidos como los dedos de la mano.

—No harás mal en vigilarle al mismo tiempo.

—Perfectamente.

—Y como todo trabajo merece recompensa, ahí va media onza.

—¡Media onza! profirió Domínguez con gesto radioso.

—Pero como necesitas dinero, voy a adelantarte la paga de veinte días.

—¡Diez onzas! ¡Vuecencia va a darme diez onzas! ¡Oh, es imposible!

—Mira si es posible que ahora mismo voy a dártelas, repuso don Jaime sacándoselas del bolsillo y poniéndolas en la mano de Domínguez, que se apoderó de ellas trémulo de gozo y exclamando:

—Ya pueden despabilarse don Melchor y su amigo.

—Sobre todo sé diestro, pues los dos son muy astutos.