—Allá iré.

—Sobre todo sé prudente.

—Como una zorra.

—Adiós y ojo al Cristo.

—Tengo el honor de saludar a vuecencia.

Los dos interlocutores se separaron.

Don Jaime, después de haber ordenado al viejo criado de su hermana, el cual durante la conversación que acabamos de transcribir había tenido la puerta abierta, que entrase y la atrancase fuertemente, se dirigió hacia la vivienda de los jóvenes, frotándose las manos.

El conde y su amigo, inquietos por la larga ausencia de don Jaime, le estaban aguardando llenos de ansiedad, y ya se disponían a salir en su busca cuando éste entró.

Domingo y Luis recibieron al aventurero con muestras del más vivo gozo y le pidieron les enterase de lo que acababa de ocurrir.

Don Jaime, que vio no existía razón alguna para callar a sus amigos lo que pasara, les contó por menudo la conversación que había sostenido con Domínguez y como por fin indujera a éste a traicionar a su amo para servirle a él de espía.