Don Jaime, el conde y Domingo permanecieron reunidos hasta la llegada del día, y al separarse dijo aquél:
—Amigos míos, por singular que les parezca a Vds. mi conducta, no la juzguen todavía; sólo me faltan algunos días para dar fin a la obra que desde hace tantos estoy preparando; suceda lo que quiera, en el momento decisivo lo comprenderán Vds., todo. Tengan pues paciencia, máxime cuando están Vds. más interesados que no suponen en el buen éxito de este negocio, y no olviden que me han jurado estar prontos a prestarme su ayuda en cuanto yo la reclame.
El aventurero estrechó afectuosamente la mano a sus amigos y se fue.
Durante la semana que siguió a aquel día no ocurrió hecho alguno digno de mención.
Sin embargo, en la capital reinaba una inquietud sorda; en calles y plazas se formaban numerosos grupos en los que se comentaban las noticias políticas.
En los barrios comerciales las tiendas se abrían sólo por espacio de algunas horas, y como los indios no acudían sino en muy escaso número a proveer la plaza y aun éstos traían poquísimo, cada día era mayor la escasez de víveres, y más elevado el precio de éstos.
La población era pábulo de una zozobra que nadie acertaba a explicarse claramente; cada uno por sí sentía que la crisis avanzaba a pasos agigantados y que no tardaría en reventar con furor terrible la tempestad tanto tiempo hacía suspendida sobre Méjico.
Don Jaime, aparentemente a lo menos, llevaba la vida ociosa del hombre a quien sus bienes de fortuna ponen a cubierto de todas las eventualidades y para el cual ninguna importancia asumen los acontecimientos políticos; iba y venía de acá para allá por plazas y calles, fumando y prestando oído atento a todas las conversaciones como un papamoscas y aceptando por buenas las monstruosas necedades que propalaban los noticieros de encrucijada, aunque sin decir esta boca es mía. Luego, de tres a cinco de la tarde, se iba a dar una vuelta por las inmediaciones del canal de las Vigas, donde se encontraba con Jesús Domínguez, con quien conversaba largo rato mano a mano, para separarse después mutuamente satisfechos.
No obstante hacía dos o tres días que don Jaime parecía no estar tan contento de su espía, con quien había cruzado palabras mordaces y amenazas encubiertas.
—Amigo Domínguez, dijo el aventurero a su espía a la sexta o séptima entrevista celebrada con él, váyase V. con tiento, pues por lo que husmeo quiere V. jugar con dos barajas; ya sabe V. que tengo buen olfato.