—Señor, profirió Domínguez, le soy a V. fidelísimo; soy incapaz de traicionar a un caballero tan generoso como V.
—Puede; como quiera que sea dese V. por advertido y proceda como tal, y sobre todo no deje de traerme mañana los papeles que me promete hace tres días.
Dicho esto, don Jaime se separó del espía dejando a éste todo atarugado con tal fraterna y sobre todo muy desasosegado respecto del modo como, de no obrar con prudencia, podían revolverse contra él las circunstancias. Porque, hay que confesarlo, el señor Jesús Domínguez no tenía muy tranquila la conciencia: las sospechas de don Jaime no estaban destituidas de fundamento; si el espía no había aún vendida a su generoso protector, no era porque no hubiese pensado en hacerlo, y para un hombre como el guerrillero; del plan a la ejecución no había sino un paso.
Así es que Jesús Domínguez resolvió rehabilitarse en el ánimo de don Jaime por medio de un acto sonado a fin de reconquistar su confianza, dejando para más adelante el abusar de ella. A este efecto se decidió a apoderarse de los papeles que el aventurero le reclamaba y traérselos al día siguiente, resuelto, no obstante, como en ello saliese ganando un buen pico, a robárselos después.
A la tarde siguiente y a la hora convenida, don Jaime se encontraba en el lugar de la cita, y a poco se le reunió Domínguez, quien con los grandes alardes de devoción que tenía por costumbre, le entregó un mazo de papeles bastante voluminoso. El aventurero dirigió una rápida mirada al mazo, lo hizo desaparecer debajo de su capa, y en poniendo una pesada bolsa en la mano del guerrillero, volvió prontamente la espalda a éste sin dignarse escuchar sus protestas de adhesión.
—¡Demonios! murmuró Domínguez, no parece estar hoy muy blando; no le dejemos tiempo de que tome precaución alguna. Por chiripa descubrí donde vive. No hay que perder minuto; voy a contárselo todo a don Melchor, a quien daré a entender que hice lo que hice para inspirar confianza a su enemigo y entregárselo más fácilmente; y como en efecto se lo entregaré, no podrá menos de quedar satisfecho y de felicitarme por mi destreza, ¡Vive Dios! no hay como tener talento, y yo le tengo de veras.
Mientras se dirigía a sí mismo estas alabanzas, Jesús Domínguez, que iba con la cabeza gacha como las gentes que se entregan a la meditación, fue a dar contra dos individuos que caminaban delante de él cogidos del brazo y hablando de sus negocios.
Dichos individuos eran probablemente de carácter poco sufrido porque se volvieron con viveza y dirigieron algunas palabras bastante duras al guerrillero.
El cual, conociendo que era culpado y trayendo como traía consigo una cantidad de dinero considerable, no tenía ganas de hacer un mal negocio, se excusó del mejor modo que supo; pero los desconocidos no quisieron atender razón alguna y continuaron apellidándole bruto, animal y otras lindezas por el estilo.
Por mucha que fuese la paciencia del guerrillero, acabó por perderla, y dejándose llevar de la cólera, echó mano a su cuchillo.