El presidente, para dar más fuerza a esta declaración, había mostrado el mencionado plan a los representantes extranjeros que residían en Méjico, y luego hecho traducir y publicar en el diario oficial, lo que produjo todo el efecto que aquél esperaba, esto es, aumentó el odio instintivo de la población contra los ingleses y a él le restituyó algunas simpatías.

Miramón, tras prodigiosos esfuerzos, logró reunir un ejército de ocho mil hombres, pocos por cierto contra los veinticuatro mil que le amenazaban; porque es de saber que el general Huerta, cuya conducta había sido indecisa de algún tiempo a aquella parte, por fin decidiera salir de Morella al frente de cuatro mil hombres, que unidos a los once mil de González Ortega, a los cinco mil de Gazza Amondia y a los cuatro mil de Aureliano Carvajal y de Cuéllar, formaban un efectivo de veinticuatro mil hombres que, en efecto, se encaminaban a marchas forzadas contra la capital, ante cuyos muros no tardarían en presentarse.

La situación iba siendo más y más crítica por momentos. Los vecinos de Méjico, que ignoraban los proyectos de Miramón, eran pábulo del terror más vivo y a cada instante temían ver desembocar las cabezas de las columnas juaristas y sufrir los horrores de un sitio.

Miramón, que ante todo deseaba no perder el aprecio de sus conciudadanos y calmar los exagerados temores de la población, resolvió convocar al ayuntamiento, al cual se esforzó en dar a comprender, en un sentido discurso, que su intención no había sido nunca aguardar al enemigo tras los muros de la ciudad, sino que, por el contrario, estaba resuelto a atacarle en campo raso, y que cualquiera que fuese el resultado de la batalla que se proponía librar, la ciudad no tenía que temer un sitio.

Esta seguridad calmó un tanto los temores de los vecinos de Méjico y detuvo como por arte de magia las tentativas de desorden y los gritos sediciosos que los partidarios de Juárez, escondidos en la ciudad, avivaban en los grupos reunidos en las plazas.

Una vez el presidente creyó haber tomado todas las precauciones que las circunstancias exigían, para atacar al enemigo sin demasiada desventaja, y al mismo tiempo dejar en Méjico las fuerzas necesarias para mantenerla sujeta al deber, reunió un nuevo consejo de guerra a fin de discutir el plan más conveniente para sorprender y derrotar al enemigo. Este consejo de guerra duró muchas horas, y en él se formularon gran número de proyectos, unos, como acontece siempre en tales circunstancias, impracticables, y otros, que de adoptarlos, podían haber salvado al gobierno.

Por desgracia en aquella ocasión el presidente, por lo común tan sensato y prudente, se dejó dominar por su resentimiento personal en lugar de atender al verdadero interés de la nación.

Don Benito Juárez, primer presidente de la república mejicana que desde la proclamación de la independencia haya pertenecido al elemento civil, era abogado. Ahora bien, como éste no era militar y por lo tanto no podía ponerse al frente de su ejército, había fijado su residencia en Veracruz, a la que provisionalmente hiciera su capital, y nombrado a González Ortega general en jefe, confiriéndole latísimos poderes en lo que se refería a la estrategia militar, y reservándose para sí y en absoluto la parte diplomática.

Ortega fue quien venció a Miramón en Silao, y como el presidente no olvidó nunca esta derrota y ardía en deseos de lavar la afrenta que en tal circunstancia recibiera, olvidando su habitual prudencia, contra el parecer de sus más discretos consejeros insistió para que el primer ataque fuese dirigido contra el ejército de Ortega.

Por lo demás, aunque las causas que el presidente alegaba para hacer adoptar semejante resolución eran bastante especiosas, no estaban destituidas de lógica: pretendía que siendo como era Ortega general en jefe y encontrándose al frente del cuerpo de ejército más numeroso, de derrotarle conseguía introducir la desmoralización en el campo enemigo y acabar con éste. Con tanta elocuencia y obstinación sostuvo el presidente su parecer, que acabó por vencer la oposición de los miembros del consejo y hacer adoptar el plan que él concibiera.