Miramón, no queriendo entonces perder tiempo en poner en ejecución su plan, ordenó lo necesario para que al día siguiente pudiese revistar las tropas y fijó la partida para el mismo día a fin de no dejar que se entibiara el entusiasmo de los soldados.
Una vez levantado el consejo de guerra, el presidente se retiró a sus habitaciones, con objeto de tomar sus disposiciones postreras, poner en orden sus asuntos personales y quemar algunos papeles comprometedores que no quería fuesen a parar a manos ajenas.
Algunas horas hacía ya que Miramón estaba encerrado en su gabinete, cuando en hora avanzada de la noche el ujier de servicio le anunció la visita de don Jaime.
—Que entre inmediatamente, dijo Miramón.
El cual, una vez el ujier hubo introducido al aventurero, dijo a éste:
—¿Me permite V. continuar? No me falta sino ordenar algunos papeles.
—Haga V., mi general, respondió don Jaime sentándose en una butaca.
El presidente anudó su por un instante interrumpido trabajo, mientras don Jaime le contemplaba con indecible melancolía.
—¿Conque está V. definitivamente resuelto, mi general? preguntó el aventurero al cabo de un rato.
—Sí, echada está la suerte; y si no fuese ridículo compararme a César, diría que he pasado el Rubicón; voy a presentar batalla a mis enemigos.