—No repruebo la resolución; es digna de V., mi general; pero permítame que le pregunte cuando decide emprender la marcha.

—Mañana, en terminando la revista que he ordenado.

—Bien está, me sobra tiempo para expedir tres exploradores inteligentes que le informarán a usted exactamente de la posición del enemigo.

—Aunque ya se han puesto muchos en camino, dijo Miramón, acepto con gratitud su ofrecimiento, don Jaime.

—Ahora dígame qué dirección piensa V. tomar y el cuerpo de ejército que ha resuelto V. atacar el primero.

—Voy a coger el toro por las astas, respondió Miramón; mi resolución es atacar a González Ortega.

El aventurero movió a un lado y a otro la cabeza; pero no atreviéndose a oponer reparo, se limitó a murmurar:

—Está bien.

El presidente se levantó entonces de su bufete, y yendo a sentarse al lado de don Jaime, dijo con acento jovial:

—Ya he concluido. ¡Ea! adivino que quiere V. hacerme una comunicación importante. Diga usted.