—No le comprendo a V., mi general, murmuró el aventurero lleno de estupor.

—Escúcheme V. don Jaime, dijo Miramón con voz suave y penetrante; don Francisco Pacheco, embajador extraordinario de S. M. la reina de España, desde su llegada a Méjico me ha prestado señaladísimos servicios. Después de la rota de Silao, cuando mi situación era de las más precarias, no vaciló en reconocer mi gobierno; después me ha prodigado los más sanos consejos y dado las mayores pruebas de simpatía; su conducta ha sido tan benévola para conmigo, que ha comprometido su posición diplomática, y tan pronto Juárez en el poder, éste le expedirá sus pasaportes. El señor Pacheco sabe esto perfectamente, y sin embargo, ni aun en este instante en que estoy casi perdido ha variado su proceder. Confieso a usted que sólo cuento con él para, en el caso probable de una derrota, conseguir del enemigo buenas condiciones, no para mí, sino para los desgraciados habitantes de esta ciudad y para aquéllos que por amistad hacia mí han arrostrado mayores compromisos últimamente. Ahora bien, el hombre cuya traición me denuncia usted, traición flagrante y que no admite réplica, no sólo es español y ostenta un apellido ilustre, sino que me lo recomendó personalmente el embajador, cuya buena fe indudablemente sorprendieron y que en esta circunstancia ha salido engañado el primero. El objeto primordial del cometido del señor Pacheco, como V. no ignora, es pedir satisfacción de las muchas injurias inferidas a sus compatriotas, y reparación de los vejámenes de que éstos han sido víctimas durante largos años.

—Lo sé, mi general, profirió don Jaime.

—Bien; ¿qué pensaría ahora el embajador si yo sumariase por crimen de alta traición, no sólo a un español perteneciente a la más encumbrada nobleza del reino, sino a un hombre de quien él me ha salido fiador? ¿Cree V. que le halagaría tal procedimiento por mi parte, después de los favores que me ha prestado y de los que pronto tal vez puede aún prestarme? Quizá me diga V. que yo podría hacer uso de esa carta y tratar confidencialmente de este asunto con el embajador; pero el insulto sería aún más grave como obrase yo de esta suerte, como voy a demostrárselo: don Francisco Pacheco es el representante de un gobierno europeo y pertenece a la antigua escuela diplomática de los comienzos de este siglo; por estas y otras razones que me callo, nos tiene a los diplomáticos y gobernantes americanos en un muy mediano concepto: y tan pagado está de su valer, que si yo fuese bastante cándido para demostrarle que se ha dejado burlar por un pillo, se pondría furioso, no porque le hubiesen engañado, sino porque yo habría desenmascarado al engañador, y herido en su amor propio nunca me perdonaría la ventaja que el acaso me daría sobre él. ¿Y qué saldría yo ganando con ello? que convertiría un amigo útil en enemigo irreconciliable.

—Atendibles sondas razones que se digna V. darme, mi general, dijo don Jaime; pero esto no quita que ese hombre sea un traidor.

—Lo es, pero; no tonto; como mañana libre yo batalla y quede vencedor, esté V. persuadido de que continuará siéndome, fiel, como lo hizo ya en Toluca.

—Fiel hasta que se le presente ocasión propicia de traicionarlo a V. definitivamente.

—¿Quién sabe? tal vez de aquí a entonces hallemos como deshacernos de él sin publicidades ni ruidos.

El aventurero reflexionó por espacio de unos segundos, y luego dijo prontamente:

—Me parece haber dado con el modo.