—Deje que primeramente le dirija a V. una pregunta y prométame que va a responderme a ella.

—Se lo prometo a V.

—¿Usted conoce al hombre ese y es su enemigo personal?

—Es verdad.

—Me lo temí; su tenacidad de V. en perderle no me parecía natural. Vamos a ver, dígame V. ahora cuál es su plan.

—Lo único que le detiene a V., según V. mismo me ha confesado, es el temor de indisponerse con el embajador de S. M. católica.

—El único, en efecto.

—Pues, bien ¿y si el señor Pacheco consintiese en abandonar a ese hombre?

—¿Usted lograría semejante?

—Y más si conviniese; haré que me entregue una carta en la cual no sólo abandonará a don Antonio Cacerbar, como éste hace que le llamen, sino que le autorizará a V. para que le encause.