—Me parece que se las promete V. demasiado felices, don Jaime, dijo el presidente con gesto de duda.

—Esto es incumbencia mía, profirió el aventurero; lo principal es que V. no se comprometa para nada y permanezca neutral.

—Tal es mi deseo, y V. comprenderá las graves razones en que me apoyo para ello.

—Sí, mi general, y le doy palabra de que ni siquiera sonará su nombre de V.

—Y a mi vez yo le doy mi palabra de soldado, de que si V. consigue la carta que me ofrece, el traidor será fusilado por la espalda, en medio de la plaza Mayor, aun cuando no me quede sino una hora de poder.

—Se la cojo a V., mi general; por otra parte tengo la firma en blanco que se sirvió V. darme, y yo mismo detendré al canalla tan pronto llegue el momento oportuno.

—¿Tiene V. que comunicarme algo más?

—Usted dispense, todavía tengo que pedirle algo: deseo acompañarle en su expedición.

—Le doy a V. las gracias, acepto con gozo.

—Tendré la honra de reunirme a V. en el momento de ponerse en marcha el ejército.