—Le agrego a V. a mi estado mayor.

—Me es imposible aceptar favor tan señalado, mi general, repuso don Jaime.

—¿Por qué?

—Porque no iré solo, sino que me acompañarán los trescientos jinetes que ya estuvieron conmigo en Toluca; pero a los míos y a mí nos tendrá V. a su lado durante la batalla.

—Desisto de comprenderle a V., amigo mío, dijo Miramón; goza V. del privilegio de obrar milagros.

—Pronto se convencerá V. de la verdad de estas palabras. Ahora, mi general, con su permiso me retiro.

—Vaya V., amigo mío.

Después de haberse ambos interlocutores estrechado afectuosamente las manos, don Jaime se retiró, se reunió a López, que le estaba aguardando a la puerta de palacio, y subiéndose sobre su caballo se fue en derechura a su casa, donde escribió algunas cartas, que mandó inmediatamente a su destino por su peón, y mudando luego de traje, tomó algunos papeles que estaban encerrados en una caja de bronce, consultó su reloj, y al ver que no eran sino las diez de la noche, se encaminó apresuradamente hacia la embajada de España, no muy distante de la casa donde él moraba.

La puerta del palacio del embajador estaba todavía abierta; algunos criados de gran librea iban y venían por los pasillos y por el peristilo, y a la entrada del zaguán estaba de guardia un suizo armado de una alabarda.

Don Jaime se dirigió al suizo este, quien llamó a un lacayo y le indicó que condujese al recién llegado.