El aventurero siguió a su guía, y una vez en una antesala, aquél entregó a un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello y se le había acercado, una carta metida en un sobre con una oblea sólo pegada de un lado, y le dijo:

—Ponga V. esta carta en manos de su excelencia.

Poco después reapareció el ujier, y levantando una cortina invitó al aventurero a que pasase adelante.

Don Jaime siguió a su nuevo conductor, y después de atravesar gran número de salones, penetró en un gabinete donde estaba el embajador, don Francisco Pacheco, el cual salió al encuentro de su visitante, le saludó con galantería suma, y le preguntó:

—¿A qué debo su amable visita, caballero?

—Ruego a vuecencia me dispense, respondió don Jaime haciendo una reverencia, pero no ha dependido de mí el escoger otra hora más a propósito.

—A cualquier hora le plazca a V. venir no me proporcionará sino satisfacciones, profirió Pacheco.

Luego hizo seña al ujier de que acercase asiento a don Jaime y se marchase, y una vez a solas los dos personajes y sentados después de saludarse nuevamente, dijo el embajador:

—Sírvase V. explicarse, señor.

—Ruego a vuecencia me permita conservar el incógnito, aun aquí.