—Enhorabuena, respeto su deseo.
Don Jaime abrió su cartera, sacó de ella un papel y lo entregó abierto al diplomático, diciéndole:
—Dígnese vuecencia enterarse de esta real orden.
Pacheco tomó el papel, y después de haberse inclinado ante su visitante, empezó a leer con la atención más profunda; luego, una vez hubo terminado, devolvió el papel a don Jaime, quien lo dobló y lo metió de nuevo en su cartera.
—¿Lo que V. exige es la ejecución de esta real orden? preguntó el embajador.
Don Jaime, por toda respuesta, movió la cabeza en señal afirmativa.
—Está bien, profirió don Francisco Pacheco.
El diplomático se levantó, se fue a su escritorio, escribió algunas palabras en una hoja de papel autorizada con el escudo de armas de España y el timbre de la embajada, firmó, estampó su sello, y entregando abierto el documento a don Jaime, le preguntó:
—Ahí tiene V. una carta para el excelentísimo señor presidente; ¿quiere V. llevarla V. mismo o prefiere que yo la envíe a su destino?
—Si a vuecencia le es igual, yo me encargo de ponerla en manos del general Miramón.