—¿Qué tal? preguntó don Jaime.
—No sólo me dejan libre la acción, sino que aun me ruegan que trate con todo rigor a ese individuo. Es maravilloso. Por mi honor le juro que me da V. más que no me ofrecía. Pero dígame, ¿cómo se las ha compuesto V.?
—Sencillamente he solicitado la carta esta, y nada más.
—Es V. el hombre más misterioso que conozco.
Ahora me corresponde a mí el cumplir mi promesa.
—Nada apresura.
—¿No quiere V. ya hacerlo prender?
—Al contrario, pero lo aplazo para cuando regresemos.
—Como V. quiera; mas ¿qué vamos a hacer con él de aquí a entonces?
—Le dejaremos aquí, a las órdenes del jefe de plaza.