—Tiene V. razón, repuso el presidente.
El cual extendió una orden, la selló, y llamando al ujier se la entregó a éste, a quien preguntó:
—¿Está ahí el coronel Cacerbar?
—Sí, excelentísimo señor.
—Que lleve esta orden al jefe de la plaza.
El ujier tomó la orden y partió.
—Ya está, dijo Miramón.
Don Jaime estuvo con el presidente hasta la hora de la partida.
A la caída de la tarde, las tropas empezaron el desfile por la plaza, rodeadas por el pueblo, que no cesaba de aclamarlas, y una vez hubieron desfilado, el general Miramón salió de palacio seguido de su estado mayor.
En la plaza estaba formado un numeroso escuadrón de caballería.