—¿Qué jinetes son esos? preguntó el presidente.
—Mi cuadrilla, respondió don Jaime inclinándose.
Dichos jinetes, que eran en número de trescientos, iban envueltos en gruesas capas y llevaban sombreros de anchas alas que sólo dejaban en descubierto la parte inferior del rostro, cubierta de barba.
En vano el presidente los examinó para descubrir sus facciones.
—No los conocerá V., dijo don Jaime en voz baja a Miramón; las barbas que usan son postizas y el traje que ostentan, un disfraz; pero esté V. seguro de que no por esto dejarán de portarse como buenos en la batalla.
—Lo creo, y le doy a V. las gracias por su ayuda.
El presidente y su estado mayor emprendieron la marcha.
Don Jaime blandió entonces su espada, y los jinetes evolucionaron; y se colocaron a retaguardia.
Al revés de la caballería mejicana, cuya arma predilecta es la lanza, los soldados de don Jaime, llevaban carabina, el sable recto de los cazadores de África franceses y pistolas en las fundas.
A media noche el ejército acampó en medio de la obscuridad, obedeciendo a la orden que de no encender fogata alguna se había circulado.