—¿Cuántos soldados trae V. consigo, general? preguntó don Jaime.

—Cinco mil infantes, mil cien caballos y veinte cañones.

—¡Jum! profirió don Jaime, poco es contra once mil.

—No llegan al doble; el valor suplirá al número.

—Dios lo quiera.

A las cuatro se anudó la marcha bajo la guía de López.

Las tropas, transidas de frío, estaban en malas disposiciones.

A eso de las siete de la mañana se dio la orden de alto; el ejército fue colocado en batalla en una posición bastante buena y puestos en batería los cañones.

Don Jaime hizo situar a los suyos detrás de la caballería regular.

A las nueve de la mañana empezó a oírse un tiroteo; eran las avanzadas de caballería que se replegaban ante las cabezas de columna de Ortega que desembocaban en el campo de batalla elegido por Miramón y que cruzaban algunos disparos con ellas.