Nada hubiera sido más fácil al presidente que evitar la batalla; pero anheloso éste de acabar de una vez, no quiso de ningún modo.
Miramón estaba rodeado de Vélez, Cobos, Negrete Ayestarán y Márquez, sus más fieles generales, y al divisar al enemigo, se subió a caballo, recorrió las filas de su pequeño ejército, dio sus instrucciones con firmeza y laconismo, procurando infundir a todos el ardor de que él estaba poseído, y blandiendo su espada gritó en voz vibrante:
—¡A ellos!
La batalla se empeñó inmediatamente.
El ejército juarista, obligado a formar bajo el fuego del enemigo tenía de su parte una desventaja notable.
Los soldados de Miramón, excitados con el ejemplo de su joven jefe, que no tenía entonces más allá de veintiséis años de edad, peleaban como leones y hacían prodigios de valor.
En vano los juaristas se esforzaban en afirmar los pies en las posiciones que habían escogido; una y otra vez eran desalojados de ellas por las vigorosas cargas de sus enemigos. Así es que no obstante su superioridad numérica, los soldados no avanzaban sino palmo a palmo, para tener que ceder luego el terreno conquistado.
Los generales de Miramón, a quienes parecía haber pasado el alma de éste, se multiplicaban, se ponían al frente de sus tropas, las arrastraban en pos y con ellas se metían en lo más recio de la refriega.
Un esfuerzo más, y Ortega se veía obligado a pronunciarse en retirada.
Miramón, con su mirada certera, juzgó la situación inmediatamente. Había llegado el momento de lanzar la caballería sobre el centro de los juaristas a fin de romperlo con una carga decisiva.