—¡Adelante! gritó el presidente.

La caballería vaciló.

Miramón repitió la orden.

Los jinetes avanzaron; pero en vez de cargar, la mitad de ellos se pasó al enemigo para precipitarse luego lanza en ristre sobre la otra mitad que había permanecido fiel.

Desmoralizados por esta súbita deserción, los jinetes no pasados al campo juarista volvieron grupas y se dispersaron en todas direcciones.

La infantería, al verse tan traidoramente abandonada, perdió sus bríos, y por sus filas corrió la voz de ¡traición! ¡traición! ¡sálvese quien pueda!

Inútiles fueron los esfuerzos de los oficiales para obligar a los soldados a que atacasen al enemigo; estaban ya desmoralizados y no pensaron sino en desbandarse.

El ejército de Miramón había desaparecido, y Ortega quedado vencedor una vez más, si bien gracias a una traición indigna llevada a cabo en el momento mismo en que para él estaba perdida la batalla.

Hemos dicho que don Jaime había tomado con su cuadrilla posición detrás de la caballería del presidente.

Como trescientos hombres pudiesen haber cambiado la faz de la batalla, es indudable que aquellos bravos jinetes habrían hecho tal prodigio; aun en el instante mismo de la derrota combatían con sin igual encarnizamiento contra la caballería juarista lanzada en persecución de los fugitivos.