Al prolongar la lucha don Jaime obedecía a un propósito. Testigo de la indigna traición que ocasionara la pérdida de la batalla, había visto al primer oficial que se pasara al enemigo con sus soldados: dicho oficial era don Melchor de la Cruz, y don Jaime, que le conociera, había jurado apoderarse de él.
La cuadrilla del aventurero no la componían jinetes vulgares, como lo habían probado ya y debían probarlo nuevamente.
En pocas palabras don Jaime hizo comprender su intento a los suyos, los cuales profirieron gritos de rabia y atacaron resueltamente al enemigo, trabándose con tal motivo una lucha titánica de trescientos hombres contra tres mil.
La cuadrilla desapareció por completo como si hubiese sido engullida por aquella formidable mole de adversarios.
Luego los juaristas empezaron a oscilar, se abrieron sus filas, y por el boquete que dejaron pasó la cuadrilla llevando consigo y prisionero a don Melchor.
—¡Al presidente! ¡al presidente! gritó don Jaime echando a escape seguido de todos sus parciales hacia Miramón que en vano trataba de reunir algunos destacamentos.
Los generales del presidente, todos amigos suyos, fieles al juramento que prestaran de morir con él, no le habían abandonado.
La cuadrilla dio una última carga para librar al presidente.
El cual, después de haber dirigido una mirada de desconsuelo al campo de batalla, se decidió por fin a escuchar a sus amigos y a emprender la retirada.
De todo su ejército, apenas si al infortunado general le quedaban mil hombres; los demás estaban muertos, o se habían dispersado o pasado al enemigo.